Castex

Volver al origen: dos hermanas regresaron a Eduardo Castex después de más de 60 años

En medio de una recorrida por el pueblo, en un comercio local, se dio un encuentro tan inesperado como emotivo: Gloria y Elsa, dos hermanas que no pisaban Eduardo Castex desde hacía más de 60 años, volvían a caminar las calles donde empezó su historia.

La escena fue simple, pero cargada de significado. Mientras miraban, recordaban y se emocionaban, comenzaron a compartir su historia. Y ahí apareció un relato que conecta pasado y presente de una manera muy especial.

Las hermanas dejaron Castex siendo muy jóvenes —con apenas 16 y 15 años— y, durante décadas, nunca pensaron que regresarían. Sin embargo, en cuestión de días organizaron este viaje que hoy las encuentra recorriendo cada rincón de su infancia.

Son hijas de Miguel Antonio Caruselli, inmigrante italiano que trabajaba como encargado de la curtiembre local, donde también vivía la familia. Su madre, Gloria Soto, acompañaba esa vida de esfuerzo en un pueblo muy distinto al de hoy.

Nos acordamos de todo”, dicen, casi sin dudar.

Y los recuerdos empiezan a aparecer uno tras otro: la estación de servicio, la tienda de los mellizos Simana, la zapatería que tenía su mamá a media cuadra, la ferretería cercana… pequeñas escenas de una vida cotidiana que quedó intacta en la memoria.

También recuerdan su paso por la escuela: comenzaron en la Escuela 195, donde solo había hasta cuarto grado, y luego continuaron en la Escuela 44. Entre tantos nombres, mencionan con cariño a su maestra, Ana María Macagno.

Pero lo que más las moviliza no es solo el recuerdo, sino el contraste.

“No lo podemos creer… está hermoso”, dicen mientras miran el Castex actual.

Las calles, las casas, el movimiento. Todo cambió. Muy distinto a aquel pueblo de arena, con viento constante desde la mañana hasta la tarde, donde los cardos rusos cruzaban las calles y la rutina era otra. “Se lavaba de noche por el viento, era una vida tranquila”, recuerdan.

La partida en 1964 marcó un antes y un después. La familia se instaló en Monte Grande, en Buenos Aires, donde construyeron su vida. No fue fácil adaptarse, pero con el tiempo echaron raíces. Hoy, siguen viviendo en el mismo barrio.

El regreso no fue casual. El hijo mayor de Elsa fue quien insistió para que hicieran el viaje. Y finalmente ocurrió.

Hoy, mientras recorren el pueblo, buscan el lugar donde estaba la curtiembre, miran cada rincón y se dejan llevar por los recuerdos.

No es solo una visita. Es un reencuentro.

Porque hay lugares que, aunque pasen más de 60 años, nunca se dejan de sentir como propios.

Publicaciones relacionadas

Botón volver arriba